
El desconocimiento de Dios conduce rápidamente a una persona hacia la idolatría.
Ante la grave epidemia de la idolatría que azotaba las almas de los pueblos antiguos y que no pocas veces sedujo y arrastró al pueblo de Israel, Dios no se quedó de brazos cruzados. Al ver que su paciente se quedaba extraviado en las bendiciones por no conocerlo, tomó la iniciativa amorosa de enviarle a su Hijo, Jesucristo, para sanarlo de esa idolatría. Él es la medicina definitiva y el terapeuta de nuestras almas.
A los pueblos vecinos a Israel, y a los mismos israelitas, les resultaba más difícil que a nosotros en nuestro tiempo conocer e invocar al único Dios verdadero, porque siendo Espíritu, ¿cómo le podían ver, encontrar y conocer? Dios se hizo carne, acampó entre nosotros (cf. Jn 1, 1. 14) y quitó los obstáculos que nos pudieron haber llevado a la idolatría, al igual que los israelitas.
Encontrar y conocer a Cristo, es entonces, la puerta de los hombres hacia la libertad. Él es, en persona, la liberación de las esclavitudes terrenales a las que él mismo hombre, por sus apetencias, deseos y necesidades temporales, se ha sometido como esclavo.
Y una imagen, una escultura, ¿será acaso ocasión de extravío y sometimiento a la idolatría? ¡Depende! Si representa o simboliza al mismo Jesucristo, a su Madre Santísima o uno de sus Santos, esa representación le conducirá al Dios verdadero; si representa, en cambio, a una deidad pagana, como la de los antiguos egipcios, filisteos, griegos o cananeos (Baal, Astarté, Zeus, Milcom, Marduk), lo alejaran abiertamente de Dios y conducirán a la esclavitud.
Jesús vino a sanarnos de esa tendencia a quedarnos en lo material. Muchos no conocen a Dios y se conforman con recibir sus bendiciones materiales, sin llegar a conocerlo verdaderamente. Cristo vino a romper esa barrera para mostrarnos el Reino. De ahí surge también el llamado a elegir a doce apóstoles y enviarlos a todas las naciones para dar a conocer a Dios e ir sacando a la humanidad de la idolatría.
El Evangelio de san Mateo nos muestra que Jesús «recorría todas las ciudades y aldeas, sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» (Mateo 9, 35). Él quiere sanar hoy tu ceguera espiritual para que dejes de adorar lo pasajero y abraces lo eterno.
Para compartir:
1.- ¿De qué maneras prácticas el «desconocer a Dios» en nuestra vida diaria que empuja a buscar falsos refugios o ídolos materiales?
2.- ¿Cómo podemos usar las imágenes sagradas de Jesús, la Virgen o los santos como verdaderos puentes que nos acerquen a Dios, en lugar de quedarnos solo en lo exterior?
Elaborado por:
P. Héctor Pernía, mfc