Cuando El Amor Exige Confrontar
Del Pacifismo Cobarde A La Paz Verdadera
Todos somos testigos de cómo a diario, en las relaciones humanas, en las familias, parroquias y equipos de trabajo, confundimos la verdadera paz con la mera ausencia de conflicto. Huimos de los roces, callamos las anomalías y toleramos injusticias con tal de «mantener la fiesta en paz». Sin embargo, el Evangelio nos sacude profundamente cuando escuchamos a Jesús afirmar: «No piensen que he venido a traer la paz a la tierra; no he venido a traer la paz, sino la guerra» (Mt 10, 34).
¿A qué guerra se refiere el Señor? No se trata de violencia ni de odio, sino de la espada de la verdad que corta de raíz la mentira, la complicidad y el acomodamiento. Cuando decidimos vivir con rectitud y poner el dedo en la llaga sobre lo que anda mal en la convivencia, se genera inevitablemente una tensión. El Evangelio enfrenta al hijo con el padre y a la hija con la madre (cf. Mt 10, 35-36) porque la fidelidad a la voluntad de Dios exige romper con las dinámicas tóxicas, aunque éstas provengan de nuestros seres más queridos. Amar a la familia no significa ser cómplices de su degradación moral o espiritual.
La paz que Cristo nos ofrece no es una tregua cobarde con el pecado ni una diplomacia de apariencias. La doctrina de la Iglesia es categórica al recordarnos que la paz auténtica sólo florece sobre el terreno de la justicia y la verdad. A este respecto, el Concilio Vaticano II enseña:
«La paz no es la mera ausencia de la guerra ni se reduce al establecimiento del equilibrio de las fuerzas adversas […] sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia» (1).
Por lo tanto, romper la falsa paz es un acto de valentía y de auténtico amor caritativo. Quien ama verdaderamente a su familia, a su comunidad o a su empresa, no permite que se pudra por dentro por miedo al enfrentamiento. Poner el dedo en la llaga duele, pero es el único camino para que la gracia divina sane las relaciones humanas desde la raíz y nos conceda la paz duradera.
Para compartir:
1.- ¿Por qué la verdad y la justicia son requisitos indispensables para que exista una paz auténtica entre las personas?
2.- ¿Cómo podemos expresar un desacuerdo o corregir una falla en nuestro grupo humano sin caer en la violencia ni en el rencor?
Elaborada por:
Pbro. Héctor Pernía, mfc
Fuente:
(1) Concilio Vaticano II. (1965). Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual (n. 78). En Documentos del Vaticano II (p. 268). Biblioteca de Autores Cristianos.