Las Apariencias De Paz
Cuando La Rectitud Oculta La Injusticia
En la labor de acompañamiento pastoral, se encuentra con frecuencia a personas y comunidades que viven atrapadas en una doble vida: cumplen rigurosamente con sus devociones externas, pero en sus relaciones interpersonales siembran división, chisme y maltrato.
Esta es la misma enfermedad espiritual que Dios denunció con vehemencia a través del profeta Isaías cuando confrontó a las autoridades de Israel. Aquellos hombres cumplían al pie de la letra con el descanso sabático y los sacrificios, pero por dentro vivían una agonía moral. Se comportaban como los «progres» de todas las épocas: aparentando que todo era paz, armonía y aprobación exterior, mientras ignoraban el cáncer de la injusticia.
Dios rechazó con dureza esa religiosidad de fachada: «¿Qué me importan sus sacrificios? […] no me traigan dones vacíos ni incienso abominable» (Is 1, 11. 13). La razón de esta indignación divina es contundente: sus manos estaban llenas de sangre por la opresión al prójimo (cf. Is 1, 15). El Señor no se deja engañar por rezos vacíos cuando el trato hacia el hermano está envenenado. Por eso exige un cambio radical en la convivencia: «Lávense y purifíquense… dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien, busquen la justicia, auxilien al oprimido» (Is 1, 16-17).
La Tradición de la Iglesia nos advierte que el culto a Dios es inseparable del amor y el respeto al prójimo. San Juan Crisóstomo lo expresaba con admirable claridad pastoral:
«¿De qué sirve adornar la mesa de Cristo con vasos de oro si Él muere de hambre en la persona de su hermano? Comienza por saciar su hambre y luego adorna su mesa con lo que te sobre». (1)
Romper la falsa paz en nuestras relaciones humanas implica abandonar la hipocresía de creer que estamos bien con Dios solo porque asistimos al templo, mientras destruimos la paz del hogar o del trabajo con actitudes despóticas. La fe verdadera se demuestra en la capacidad de pedir perdón, defender los derechos del más débil y construir relaciones transparentes y fraternas.
Para compartir:
1.- ¿De qué manera caemos a veces en la tentación de cuidar las «apariencias» religiosas mientras descuidamos el trato a los demás?
2.- ¿Cómo podemos lograr que nuestras oraciones y sacramentos se traduzcan en un cambio real de actitud hacia quienes nos rodean?
Elaborada por:
Pbro. Héctor Pernía, mfc
Fuente:
(1) San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía 50, n. 3-4 (BAC 148, Madrid 1956, pp. 78-82).