
¡Qué sutilmente se desliza el maligno entre nuestros pensamientos cuando nos sugiere postergar la renuncia al pecado!
Basta con el simple pensamiento o el dicho irreflexivo: «¡Ah! No hace falta hoy; después lo hago».
¿Por qué caemos tan fácilmente en esa tentación? Caemos por la engañosa percepción de sentirnos seguros de que seguiremos vivos más adelante. Esta seducción se cuela con mayor fuerza mientras más llena de vigor y juventud se encuentra la persona.
El pecado suele disfrazarse de una falsa seguridad que nos susurra: «Aún hay tiempo, convierte tu vida después». Creer que tenemos el control sobre el día o la forma en que iniciaremos nuestra eternidad constituye una presunción riesgosa. La gracia de Dios exige una respuesta inmediata en el único momento que realmente poseemos: el presente. Salir del pecado hoy no es un acto de miedo, sino la decisión valiente de no jugar con la propia salvación y de vivir en constante amistad con el Señor.
De esa ingenua e imprudente actitud nos alerta el apóstol san Pedro cuando nos enseña: «Pero una cosa no debéis ignorar, queridos míos: que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo tienen por retraso, sino que tiene paciencia con vosotros, no queriendo que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión» (2 Pe 3, 8-9).
Que nadie se sienta tranquilo y confiado porque peca y ve que nada malo le sucede, endureciendo y obstinando su corazón. El libro del Eclesiástico nos advierte con firmeza:
«No digas: “Pequé, ¿y qué me ha pasado?”, porque el Señor es paciente. No estés tan seguro del perdón, para añadir pecado a pecado. No digas: “Su misericordia es grande, me perdonará la multitud de mis pecados”; porque en él hay misericordia, pero también cólera, y sobre los pecadores se posa su furor. No tardes en convertirte al Señor, ni lo dotes de un día para otro, porque de repente brota la cólera del Señor y en el momento de la venganza serás destruido» (Sir 5, 4-7).
Reaccionemos del aletargamiento espiritual en el que yacemos y despertemos ahora mismo, porque aún estamos a tiempo; dejarlo para más adelante puede convertirse en un «nunca» o en un «demasiado tarde». Imaginemos que viajamos en un autobús y sabemos que debemos bajarnos en la siguiente parada. Si nos dormimos pensando que «todavía falta mucho», la parada se nos pasará y terminaremos perdidos en un lugar oscuro y desconocido. Dejar el ordenamiento de nuestra vida para «después» produce el mismo resultado. Nadie tiene garantizado el mañana; por eso, el mejor momento para bajarse del mal camino y hacer las cosas bien es hoy mismo.
Para compartir:
1.- ¿Qué excusas o falsas seguridades nos hacen pensar con frecuencia que «aún hay tiempo» para cambiar?
2.- Según el pasaje de *2 Pedro 3, 8-9*, ¿por qué la paciencia de Dios no debe interpretarse como aprobación o desinterés ante nuestras faltas?
Elaborado por:
P. Héctor Pernía, mfc