
Jesucristo eligió y envió a todos los rincones y confines del mundo a los 12 apóstoles para conducir al Dios verdadero a los pueblos extraviados en la oscuridad de los ídolos.
Ellos recibieron la Misión de enseñar fielmente, sin alteraciones, la doctrina del Evangelio. ¿Cómo llegó tal Guía hasta nosotros y cómo llegará a las generaciones futuras? Mediante la sucesión directa y legítima, a través de los siglos, del mandato y autoridad que Cristo entregó a sus apóstoles.
¿Dónde está esa Sucesión?
Esta plenitud de unidad subsiste de manera única en la Iglesia Católica. Fuera de su comunión visible, las venerables iglesias orientales ortodoxas poseen verdaderos sacramentos y una auténtica sucesión apostólica, compartiendo profundas raíces con la fe católica. No obstante, experimentan una herida en la comunión total, principalmente al no reconocer al Sucesor de Pedro como el principio visible de unidad y autoridad que Cristo confió al apóstol Pedro frente a los demás apóstoles. Al constituirse con un gobierno aparte, se debilita la columna más sensible del testimonio cristiano: la Unidad.
El mismo Jesús oró ardientemente por ella:
«No ruego sólo por éstos, sino también por todos aquellos que creerán en mí por su palabra. Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 20-21).
Cuando se prescinde de la comunión con el Pastor puesto por Cristo al frente de todo su Rebaño, se debilita el gran anhelo de unidad que el Señor pidió a sus discípulos y se dificulta más y más la posibilidad de que lleguen a la fe cristiana los más incrédulos y aquellos que hacen parte de otras religiones fuera del cristianismo.
¿Qué puede sanar tales divisiones?
En primer lugar, de parte de quienes dirigen, un humilde reconocimiento de la propia fragilidad humana. Los cargos de autoridad no eximen y retiran del hombre el influjo o aparición de obstáculos como el orgullo, la soberbia y la presunción.
En segundo lugar: el doblar de rodillas y del mismo corazón, ante Cristo Eucaristía y ante Cristo sufriente en los ojos del más necesitado; porque sólo este medicamento puede curar tales males que impiden el diálogo, la escucha y la reconciliación.
Para extender su obra de sanación y sacar a la humanidad de las divisiones y la idolatría, Jesús no actuó en solitario. El Evangelio nos narra cómo, llamando a sus doce discípulos con Simón Pedro a la cabeza, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.
Como nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (cf. 857. 860), los apóstoles son los cimientos de la Iglesia. Ellos fueron enviados para que el mundo no se perdiera en la ignorancia de quedarse en las criaturas, sino que encontrara el camino de regreso a la casa del Padre.
Para compartir:
1.- ¿Por qué la división y la falta de unidad entre los cristianos debilita nuestro testimonio frente a los que no creen en Dios?
2.- Pensando en los líderes y en nosotros mismos, ¿de qué manera la humildad y la oración ante la Eucaristía nos «sanan» del orgullo que causa divisiones?
Elaborado por:
P. Héctor Pernía, mfc