Apologética en la Liturgia de la Palabra
Miércoles, XXX Semana del Tiempo Ordinario. Ciclo C
Lecturas del día: Ef 6, 1–9; Sal 144, 10–14; Lc 13, 22–30
Comentario:
La liturgia de hoy nos ofrece una oportunidad para revisarnos acerca de la forma en que estamos viviendo; y, además, nos ilumina en lo que podría ser la solución para esta crisis o caos en el que estamos sumergidos. Existe una pérdida de principios y valores que atentan contra nuestra integridad, no sólo desde el punto de vista físico sino también espiritual. Hemos dejado de ser racionales para convertirnos en unos seres instintivos. Nos preocupan más las cosas materiales y la forma de obtenerlos y olvidamos nuestra Fe Católica y lo que confesamos cada Domingo en el Credo Niceno-Constantinopolitano. Hemos dejado de sabernos hijos de Dios. Hemos perdido el temor a Dios.
Hemos olvidado a tantas personas que gozaban y que gozan de la Sabiduría del Padre. Ellos han creído en el Evangelio. Saben que el tiempo terrenal sólo es un peregrinar para alcanzar la Vida Eterna y que con la asistencia y la Gracia de Cristo, es posible. Muchísimas historias confirman que es así. Han entendido y creído que la santidad es alcanzable, pero también que es una lucha, un esforzarse continuamente. Y como dice la primera lectura, lo hacían “No por las apariencias, para quedar bien, sino como esclavos de Cristo que hacen lo que Dios quiere; con toda el alma, de buena gana, como quien sirve al Señor y no a hombres”. (Ef 6, 6-7). Este ha sido el error de la mayoría de los cristianos, tanto católicos como protestantes: no nos consideramos siervos del Señor; vasijas que llevamos el tesoro más grande que es nuestra fe, la misericordia de Dios; que somos testimonios del amor del Padre Celestial y que es Él quien obra en nosotros.
Hoy, especialmente los protestantes, asumen una actitud de que Dios nos debe todo, que por el sólo hecho de confesar, `con la boca´, que son sus hijos ya tienen todo asegurado, y `reclaman´, `exigen´, ´decretan´ la sanidad y la prosperidad. Piensan que no somos responsables de los males que cometemos. Pero es todo lo contrario, tenemos deberes y ya lo dice Pablo: «Honra a tu padre y a tu madre» es el primer mandamiento al que se añade una promesa: «Te irá bien y vivirás largo tiempo en la tierra» (Ef 6, 2-3). Este es uno de los mandatos que más se ha pisoteado. Basta con ver a un lado y se observa que, en su mayoría, los hijos actúan como padres y éstos terminan sometidos a sus hijos, es decir que nuestros roles se han invertido. Pensamos que una vida apegada a Dios es imposible, que no estamos aptos para alcanzar la santidad, o en el último de los casos que eso es ´cosa del pasado´. Dejando que el pecado domine nuestra existencia, es decir, que, en vez de morir a él, terminamos muriendo para Cristo, es decir, esclavos del pecado.
Sin embargo, todo auténtico cristiano sabe que el llamado se actualiza. Y que Jesús, constantemente, nos está diciendo: «Esfuércense por entrar por la puerta angosta, porque yo les digo que muchos tratarán de entrar y no lo lograrán” (Lc 13, 24). Y si Él lo señala quiere decir que sí podemos. Que el Reino de Dios está a nuestro alcance; que no debemos perder la esperanza; que debemos redoblar esfuerzos para alcanzar la Vida Eterna, porque todo esto pasará y cuando venga el día del Juicio Final que no nos diga: “No sé quiénes son. Aléjense de mí, malvados” (Lc 13, 27). Asumamos con verdadera convicción que nuestro Padre celestial es un Dios de vivos y no de muertos, porque la muerte vendrá pero continuaremos viviendo en, por y para Cristo.
Para compartir:
1.- ¿Eres esclavo de Cristo o del pecado? ¿Cómo lo haces?
2.- ¿Qué aportes pudieras ofrecer para contrarrestar la pérdida de valores y principios?
Elaborada por:
Adelina Ruíz, mfc

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