Cristo le dijo a Pedro: “¿Me amas más que estos? (…) Apacienta mis corderos” (Jn 21, 15-17).
Para encargar a Pedro como pastor y responsable de todo su rebaño (la Iglesia), Jesús le pidió, en primer lugar, fidelidad y, en segundo lugar, la primacía de su amor. No fue un nombramiento simple, para que nadie lo tome con ligereza ni le reste importancia. Le preguntó tres veces si lo amaba, para sanar las negaciones que Pedro había hecho en las horas de la pasión y para confirmarlo en la unidad entre ambos para siempre. Y le preguntó si lo amaba más que a todos los apóstoles, para pedirle obediencia, humildad y sometimiento de su voluntad en el ministerio que iba a recibir: apacentar y gobernar en su Nombre todo su Reino.
Se lo repitió tres veces, lo cual no es igual que una sola vez; indicando que es categórico, definitivo, sumamente sagrado, irrevocable y santo lo que Cristo le declaraba a Pedro: un acto solemnísimo ya prefigurado antiguamente en Abraham, Isaac, Jacob, David, etc. En medio de esta conversación entre Cristo y Pedro está toda la Iglesia presente, ya que aplica y vincula a todos los discípulos del Señor, en cuanto que a Pedro lo está haciendo responsable de todo lo suyo.
La Iglesia, en el Concilio Vaticano II, proclamó esta gran verdad: “El Obispo de Roma, sucesor de Pedro, ha recibido de Cristo el poder de apacentar a toda la Iglesia.” (1). En adelante, Jesús nos pide a todos sus discípulos mirar, seguir y obedecer a Pedro para seguirle a Él. Cada cristiano mira en Pedro (el Papa) la autoridad de Cristo, y ve en él su pastor y padre espiritual. Por eso decimos: “Cristo me apacienta a través del Papa.” Por Pedro y sus sucesores dijo el Señor: “El que reciba al que yo envíe, a mí me recibe” (Jn 13, 20).
¿Y cómo se une a Cristo cada cristiano en todo el universo? Dice san Cipriano de Cartago: “El obispo está en la sede de Pedro, y el que no está con él no está en la verdad.” (2). “Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (cf. Hb 13, 8). Cada obispo ejerce el ministerio por nombramiento y elección del sucesor de Pedro, y lo que el Papa aprueba en la tierra queda aprobado en el cielo (cf. Mt 16, 19).
Al sucesor de Pedro de cada generación, Cristo le mantiene y declara el mismo anuncio y promesa que le hizo al primero de los Papas: _“¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha pedido permiso para sacudirlos a ustedes como trigo que se limpia; pero yo he rogado por ti para que tu fe no se venga abajo. Y tú, cuando hayas vuelto, tendrás que fortalecer a tus hermanos” (Lc 22, 31-32). Esa promesa de protección y victoria se suma a la que le hizo a Pedro y a toda su Iglesia en Mt 16, 18: “Las puertas del infierno no podrán contra ella.” Es por esta promesa, llena de la omnipotencia de Dios, que la barca de Pedro, la Iglesia, ha superado y seguirá superando toda clase de tormentas provocadas por las fuerzas del mal. Allí está Cristo para decirle al mar: “¡Cállate, cálmate!” Y el viento se apacigua y sobreviene una gran calma (cf. Mc 4, 39).
Para compartir:
1.¿Qué significa para nosotros hoy el mandato de Jesús a Pedro de “apacienta mis corderos” y cómo podemos vivirlo en nuestra vida diaria?
2 ¿Cómo podemos aplicar el principio de la unidad en la Iglesia hoy, a la luz de la afirmación: “Cristo me apacienta a través del Papa”?
Elaborado por:
Pbro. Héctor Pernía, mfc
Fuentes:
(1) Concilio Vaticano II (1965). Lumen Gentium, n. 21: Constitución dogmática sobre la Iglesia. Recuperado de: http://www.vatican.va
(2) Cipriano de Cartago (1988). La Unidad de la Iglesia. Ediciones Cristiandad.
