
Jesús dice a Pedro: «Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca» (Lc 5, 4).
Es el tipo de orden o mandato que aflige y llena de preocupación a quien confiesa su límite personal, y siente que la tarea recibida supera su capacidad. No actúa como otros que presumen de su oficio o profesión y dicen: «Qué me vas a decir tú a mí de pesca si de lo que sabes es de carpintería? ¡No te metas en lo que no te cabe!”
Pedro, sin embargo, sorprende respondiendo a Jesús: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5, 5).
Pedro hace al mismo tiempo dos confesiones: Confiesa su límite humano para lograr la pesca, siendo que ya lo habían intentado toda la noche sin lograr nada, y confiesa también su confianza absoluta en la palabra y la Persona de Cristo, por lo cual, junto a la confesión de su límite personal y colectivo, añade: «Pero, por tu palabra, echaré las redes»
Es curioso que Pedro, pescador, llame Maestro a quien sólo es carpintero. Así deben llamar a Cristo todos los profesionales y expertos en cualquier oficio, no obstante que Cristo haya sido solo Carpintero. Como Pedro, llámenlo «Maestro», reconozcan su Divinidad, su Sabiduría, y renuncien a confiar en sus propios méritos y capacidades, en sus títulos, sus reconocimientos, y elijan poner su confianza suprema en los méritos y el poder de Cristo. Por eso se produjo el resultado milagroso:
Puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaron a reventar. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían.
Debemos recordar que, poco antes, Jesús había subido a la barca de Pedro para predicar desde allí. Barca en la que Pedro había pasado bregando toda la noche sin pescar nada. Todo el milagro pasa porque Cristo se encontraba en la barca de Pedro, porque Pedro se lo permitió. Así sucede con cualquier persona que permita que Cristo entre y actúe en la barca de su propia vida. No le importa a Cristo que tal persona venga de una vida de fracaso, de ver inútiles sus esfuerzos en su oficio o profesión.
Para compartir:
1.- Viendo cómo Pedro confiesa su límite y al mismo tiempo, su confianza en Jesús, ¿cómo podemos nosotros reconocer nuestras propias limitaciones sin temor? ¿Qué pasos podemos dar para abrirnos a la ayuda de Cristo en nuestras vidas y en nuestras luchas contra el odio?
2.- Considerando que el milagro de la pesca abundante ocurrió porque Jesús estaba en la barca de Pedro, ¿cómo podemos invitar a Cristo a ser parte activa en nuestras «barcas» personales? ¿Qué cambios necesitamos hacer para permitir que su presencia transforme nuestras situaciones más difíciles?
Elaborada por:
P. Héctor Pernía, mfc