Hospitalitos de la Fe

Falsos ministros de Culto

Apologética en la Liturgia de la Palabra

Viernes, XXXI Semana del Tiempo Ordinario. Ciclo B.

Lecturas del día: Rm 15, 14-21; Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4; Lc 16, 1-8

Comentario:

Esta lectura de San Pablo es el comienzo del final de la carta a los Romanos, y usa un lenguaje delicado, mostrando un gran respeto por los fundadores de la comunidad Cristiana: «Me atreví a hablarles con franqueza para recordarles algunas cosas» (Rm 15, 15). A continuación, Pablo toca un tema de una importancia muy grande para toda persona que diga ser cristiana:

«Lo hago *con la autoridad que Dios me dio cuando hizo de mí el ministro de Cristo Jesús* entre las naciones paganas para el oficio sagrado del Evangelio de Dios para hacer de esas naciones una ofrenda agradable a Dios, santificada por el Espíritu Santo. Por eso en las cosas de Dios tengo el orgullo que se puede tener en Cristo Jesús» (Rm 15, 16-17).

San Pablo dice que tiene la autoridad de Dios para ser Ministro de Cristo; pero hoy en día, los modos de hacerse «ministro» en las «iglesias-garaje» son muy distintos. Cualquiera se acuña ese título, y sobran los ingenuos que se lo creen rápido y enseguida les dicen ‘pastor’ o ‘pastora’. Tienen un mismo formato: uno diciendo públicamente que soñó y tuvo una «revelación» donde Dios lo llamó y le mandó a ser su ministro, y otro con el que se puso de acuerdo para repartir los ingresos, que le seguirá la cuerda para hacer que caiga más de un incauto. De esto ya se nos había advertido: 1Tim 6, 3-8; 2Pe 2, 1-4.

El verdadero Ministro recibe de Cristo, mediante su Iglesia el Ministerio (Sacramento del Orden) mediante la imposición de manos de un Sucesor de los apóstoles (cf. 2Tim 1, 6) y vive en comunión con el Colegio de los Presbíteros (cf. 1 Tim 4, 14). Es decir, no lo hace a cuenta propia  (cf. 2 Cor 11, 13). Estos falsos pastores se hacen ministros por cuenta propia, o son designados por otros que no tienen el poder conferido por la Sucesión Apostólica.

Todos defienden su postura diciendo que fueron llamados por Dios, pero en vez de parecerse o hacer lo mismo que San Pablo (Hch 13, 1-3; Ga 1, 6-9; 2, 1-9), para poder ser pastores de la Iglesia de Cristo, se parecen más al mago Simón que vio la Fe como si fuera un producto comercial (cf. Hch 8, 9-24). Los verdaderos Apóstoles como San Pablo, tienen dicha autoridad dada por los Apóstoles (Hch 13, 1), y ellos, a su vez, la recibieron del Señor Jesús (Jn 20, 21); por eso celebran la Eucaristía (Mt 26, 26-28; Lc 22, 19), y liberan los pecados en el Sacramento de la Confesión (cf. Jn 20, 21-22), porque fue el propio Jesucristo quien se lo ordenó y les dio la potestad de hacerlo. Pero, eso no lo pueden hacer los falsos pastores. Tanto que son falsos, que se delatan solos cuando dicen que no hay que creer en eso.

No obstante que San Pablo se había puesto en un comienzo a predicar sin haberse comunicado primero con ellos (cf. Ga 1, 15-17), y luego de catorce años de ministerio, subió a Jerusalén a entrevistarse con el Apóstol Pedro (cf. Ga 1, 18) para someterse voluntariamente a las autoridades y columnas de la Iglesia (cf. Ga 2, 9), a pedir que le examinen en su doctrina *(cf. Ga 2, 2), y es por ello que Pablo dice que fue enviado a los GENTILES, porque así se lo autorizaron Pedro y los demás apóstoles (cf. Ga 1, 1 y 2, 1-9).

Los falsos pastores pretenden apropiarse de una autoridad y un ministerio que no se les ha conferido (cf. Hb 5, 4), y convierten los garajes y lugares de reunión en verdaderos «negocios de la salvación» (empresas). Hasta tienen los documentos que demuestran que son propietarios y dueños personales. Pero luego dicen que son de Cristo. ¡Qué ironía! Logran atrapar adeptos con cuentos y fábulas de salvación, vendiendo un evangelio distinto al de Jesús, pero no hay otro evangelio (Ga  1, 6-9). No son ministros, no son pastores, solo son lobos voraces (cf. Jn 10, 1; Hch 20, 29-30), que arrastran y alejan de la salvación a muchos que están dormidos en la fe. De ellos, Jesús nos alertó en Mt 7, 15-16.

No arriesgues tu salvación. Ve a los ministros de la única Iglesia que el mismo Cristo fundó (Mt 16, 18-19), a la Única que prometió estar con ella: «hasta el fin de los días» (cf. Mt 28, 20) ¿Qué son pecadores? Pues, ¡los de las Sectas qué! ¿Son Santos?

Para compartir:

1.- ¿Reconozco la verdadera sucesión Apostólica de la Iglesia católica?

2.- ¿Pondría mi salvación en manos desconocidas?

Elaborado por:

Franklin Terán, mfc

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