Apologética en la Liturgia de la Palabra
Jueves, XXXIII Semana del Tiempo Ordinario. Ciclo C
Lecturas del día: Ap 5, 1–10; Sal 149, 1–6. 9; Lc 19, 41–44
Comentario:
¡Fui estremecido…!
Cada vez que asomo mi mirada a uno de los escritos de los Padres de la Iglesia sufro un sacudón de emoción y quedo embelesado, admirando de un tanta belleza y armonía. Hoy me ocurrió con Orígenes y sus comentarios sobre el episodio en que Jesús lloró contemplando la destrucción que le ve venir a la ciudad de Jerusalén.
Orígenes nos involucra de frente en esa mirada, y nos hace ver que esa Jerusalén, tal vez, eres tú o soy yo. Así escribió:
“Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella…»” (Lc 19, 41). «Yo no niego que aquella Jerusalén fuese destruida por los pecados de sus habitantes; pero pregunto si estas lágrimas han sido vertidas también sobre vuestra Jerusalén. Cuando alguno peca después de participar de los misterios de la verdad, se llorará por él; pero no por ningún gentil, sino sólo por aquel que perteneció a Jerusalén y después la abandonó”. (1)
Orígenes, al ver de esta manera esta escena de Cristo llorando por la ruina que le ve venir a Jerusalén, de algún modo, nos conduce a ver la ruina en las almas que un día recibieron a Cristo en el bautismo y más adelante se apartaron de él entregando su alma a falsos dioses en otros bautismos, provenientes de sectas fundadas por hombres, ocasionando así, graves heridas en la unidad y comunión, no solo de la Iglesia, sino de su propia familia. Y digo a falsos dioses, porque de una falsa doctrina, plagada de mentira, solo puede derivar un falso dios, y todo falso dios es un ídolo.
Sin saberlo, Orígenes se adelantó muchos siglos de historia, y apuntó sus escritos proféticamente a la desbandada y daño que en estos tiempos, millares de católicos en todo el mundo le han ocasionado a su propia Iglesia, al engañarse creyendo que pueden irse de ella limpios y santos habiendo ofendido con sus muchas abominaciones la santidad de su Iglesia madre.
Es justo y necesario reconocer que, del llanto de Cristo, también somos causantes los que habiendo caminado fielmente en la sana doctrina y en las sendas de vida del evangelio, nos hemos volcado a hundir nuestros pies en el lodo de la mundanidad. Cristo llora porque en nosotros, todo lo ve y todo lo sabe (cf. Hb 4, 12-13). Por ello dice Orígenes:
“Llora además por nuestra Jerusalén, a la que, después que ha pecado, sitian sus enemigos, esto es, el espíritu maligno, y la rodean de trincheras para cercarla y no dejar piedra sobre piedra; especialmente cuando alguno es vencido después de mucha continencia y de algunos años de castidad, y atraído por los halagos de la carne, pierde la paciencia y la castidad. Y si fuese fornicador, no dejarán en él piedra sobre piedra, según las palabras de Ezequiel: «No me acordaré de sus primitivas virtudes» (Ez 18, 24)” (2)
¿Cómo podemos consolar el llanto de Cristo?
Recuperemos la antigua devoción de los primeros viernes en honor al Sagrado Corazón de Jesús, para ir a reparar, con nuestra conversión y reconciliación, el cuerpo herido y flagelado de Jesucristo con el látigo de nuestros propios pecados cometidos.
Para compartir:
1.- ¿Cuál es el motivo por el cual Jesús llora al contemplar la ciudad de Jerusalén?
2.- Al verme, ¿Jesús llora o sonríe? Identifique y reflexione los motivos
Elaborado por:
P. Héctor Pernía, mfc
Fuente:
(1) Documento en línea: CATENA AUREA: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos; Orígenes, in Lucam hom. 38. deiverbum.org/lc-19_41-44/
(2) Ibid.
