El padre Luis Toro, en sus enseñanzas de apologética explica:
“La Iglesia Católica. Esta es la única que ha recibido y ha conservado el poder que Cristo le dejó a los Apóstoles y que se ha ido transmitiendo en todas las edades a través de la imposición de las manos. Cuando los Apóstoles necesitaron ayudantes, eligieron a siete, entre ellos a San Esteban, y les impusieron las manos: “…Luego los llevaron a donde estaban los Apóstoles, los cuales oraron y les impusieron las manos” (Hch 6, 6).
Cuando San Pablo se convierte al Señor, tiene que recibir la imposición de manos, junto con Bernabé, para ser enviado a pastorear las ovejas, no lo hizo a lo bravo y así por así, a pesar de saber mucho de las Sagradas Escrituras: “Un día… el Espíritu Santo dijo: Sepárenme a Bernabé y a Saulo para el trabajo al cual los he llamado. Entonces, después de orar y ayunar, les impusieron las manos y los despidieron” (Hch 13, 3).
En estas claras referencias bíblicas presentadas por el padre Luis Toro se evidencia un criterio fundamental y único del Espíritu Santo para el nombramiento de nuevos pastores. Por ahí se saca cuál es la Iglesia que viene de Cristo: “Con las autoridades de la Iglesia de Cristo, todo; fuera de ellas, nada”.
De acuerdo a como enseña el Catecismo de la Iglesia (n. 863) “El apostolado es parte de la misión de la Iglesia, y debe ser ejercido en el contexto de la autoridad que Cristo le confió en la persona de los Apóstoles y sus sucesores.» (1)
En los dos primeros capítulos de Gálatas, el apóstol Pablo da testimonio cuidándose él mismo de no ser ese ángel venido de Cristo al que debían declarar anatema (cf. Ga 1, 6-9) por estar anunciando otro evangelio distinto al que Cristo le confió a los apóstoles anteriores a él, a los que el propio Pablo les da el título de columnas y autoridades de mayor consideración.
Para asegurar y confirmar su comunión con Cristo Pablo no fue a la Biblia, tal como en el protestantismo dictan que se debe proceder. Pablo se dirigió a Jerusalén para conocer a Pedro, el principal entre los apóstoles, y permaneció quince días en su compañía (cf. Gal 1, 18). Sorprende que siendo doce los apóstoles, Pablo se dirija a Jerusalén con el objetivo de buscar a Pedro y hablar con él.
No bastando con eso, luego de catorce años de ministerio fundando iglesias y nombrando los pastores, Pablo vuelve a Jerusalén movido por el Señor a pedir a los apóstoles que le examinen toda la doctrina y le corrijan de cualquier extravío o adulteración, para estar seguro de no haber hecho un trabajo en vano que no sirviera. Aquí se demuestra una vez más que las credenciales para ser ministros de Cristo no se obtienen argumentando textos bíblicos, como en las sectas protestantes, sino acudiendo a las autoridades de la Iglesia nacida del corazón y la potestad de Jesucristo. Siguiendo fielmente las mismas indicaciones de la Sagrada Escritura, ésta “debe ser leída e interpretada en el contexto de la Tradición viva de la Iglesia.» (Dei Verbum*, n. 10). (2)
Para compartir:
1.- ¿Cómo podemos aplicar la enseñanza sobre la sucesión apostólica en nuestra vida diaria como miembros de la Iglesia y en nuestra relación con otras denominaciones cristianas?
2.- ¿Qué actitudes y procedimientos del testimonio de Pablo presentes en la Sagrada Escritura deben ser practicados hoy por todos los que ejercen algún servicio pastoral entre los cristianos?
Elaborado por:
Pbro. Héctor Pernía, mfc
Fuente:
(1) Catecismo de la Iglesia Católica. (1997) Librería Editrice Vaticana.
(2) Concilio Vaticano II. (1965) Dei Verbum. Recuperado de [Vatican.va](https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_dei-verbum_sp.html).