
A veces, en un grupo familiar, las personas actúan con indiferencia entre sí. Aunque se aman, no saben cómo expresarlo, se cohíben y suponen que el otro ya lo sabe. San Juan Bosco decía a su primer sucesor, el beato Miguel Rúa: «No basta que los jóvenes sean amados. Es necesario que ellos se den cuenta de que son amados». Suponer que alguien sabe que lo amas puede causar un daño profundo. No te engañes con la idea de que es evidente; el dolor que sientes puede hacerse aún más intenso si, al preguntar, escuchas: «No es verdad. ¡Tú me ignoras!».
Mientras vives en esa suposición, el diablo, el padre de la mentira, susurra al oído de esa persona. Al repetirle constantemente la mentira de que nadie lo ama, logra convencerlo de esta falacia. Si deseas que esa persona que no quiere vivir, sintiéndose poco amado, conozca la verdad, ve y díselo: ¡DILE QUE LO AMAS! Hazlo hasta que lo sienta. Permite que ambos se desahoguen, porque la mentira del Diablo se vence con la verdad, y la Verdad es Cristo (cf. Jn 14, 6).
Sincerarse con un hijo puede ser un desafío para los padres, quienes a menudo encuentran dificultades para abrir su corazón por completo. Los adultos suelen tener temor y bloqueo para intimar con sus hijos; les resulta complicado mostrar vulnerabilidad y vulnerar su propio orgullo. El orgullo de los padres alimenta el de los hijos, mientras que la humildad fomenta su apertura. Con un reconocimiento sincero, los hijos pueden sentir el impulso necesario para también expresarse: «Papá, mamá; yo también me equivoqué. ¡Perdón! Por mi orgullo y por lastimarlos tantas veces con mi indiferencia. Yo también los amo, pero no sabía cómo decírselo».
El humo que emana de los pulmones de quien fuma porque ha perdido el deseo de vivir es una señal de tristeza y vacío existencial que clama por amor y comunicación. Cuando no se atiende este llamado, el joven se aísla y confía sus preocupaciones a extraños, quienes ofrecen soluciones dañinas, como el consumo de sustancias: «No te preocupes, fuma, toma, prueba esto. Vamos a divertirnos y olvídate de las penas».
Es triste que aquellos que realmente se preocupan, a menudo construyen murallas de indiferencia y ocupaciones para evitar ofrecer el amor que tanto se necesita: comunicación, comunión, unidad y sinceridad. La verdadera conexión familiar puede transformar el dolor en esperanza y recuperar el amor que une a todos.
Para compartir:
1.- ¿De qué manera podemos asegurarnos de que nuestros seres queridos sepan que los amamos? ¿Qué acciones concretas podríamos realizar para expresar nuestro amor y cuidado en la familia?
2.- La indiferencia puede causar un profundo dolor. ¿Qué consecuencias has visto en tu entorno cuando hay falta de atención y cariño en una relación familiar? ¿Cómo podemos romper el ciclo de indiferencia en nuestras propias familias?
3.- La sinceridad puede llevar a la curación. ¿Qué significa para ti abrirte a los demás y mostrar vulnerabilidad? ¿Cómo puede esto fortalecer las relaciones familiares y comunitarias?
Elaborada por:
P. Héctor Pernía, mfc
Fuente:
Todo el contenido de la publicación fue tomado de la ‘Guía de Auxilio Espiritual’ (2024)’ elaborada por el mismo autor de esta publicación.