Apologética en la Liturgia de la Palabra
Viernes, XXV Semana del Tiempo Ordinario. Ciclo B.
Lecturas del día: Ag 1, 15—2, 9; Sal 42, 1–4; Lc 9, 18–22
Comentario:
En la primera lectura encontramos el anuncio esperanzador del profeta Ageo animando a Israel a esperar en la promesa restauradora de Dios que vendría a levantar de nuevo un Templo, mucho más glorioso que el emblemático templo levantado por Salomón y que fue destruido con la devastación del imperio griego y la deportación a Babilonia en el año 586 a.C.
Como se comenta, en un escrito de ‘Las Notas de El Libro del Pueblo de Dios’: “Si bien el nuevo templo no puede compararse con el templo de Salomón en grandeza y esplendor, lo superará con mucho por su íntima relación con la salvación mesiánica” (1).
Con el templo de Jerusalén caído en ruinas, fue eclipsada la gloria de las sombras y de la figura presentes en el oro, la plata y las piedras preciosas que tenía el antiguo templo levantado por Salomón, para que nada confundiera la mirada ante la llegada del nuevo y definitivo Templo, venido del cielo para acampar entre los hombres, invencible en sus fundamentos e insuperable en sus riquezas: JESUCRISTO.
La Ley era, también, parte de ese Templo caído y en eclipse que a la manera de Juan Bautista fue diciendo «conviene que yo disminuya y Él crezca» (Jn 3, 30); conviene que el tiempo de la Ley disminuya para que crezca e irradie ante los hombres la alborada de la Gracia que Dios Encarnado traería a los hombres, al hacerse verdadero hombre sin dejar de ser verdadero Dios, y quedarse para siempre, vivo y presente en su Cuerpo y Sangre en la Eucaristía; y al enriquecer con espléndidos y divinos dones a su Iglesia, con el soplo y la asistencia del Espíritu Santo, al darle potestad y poder a los nuevos Ministros, miembros vivos de su Sacerdocio, para derramar gratuitamente su misericordia sobre los pecadores liberándoles de sus culpas con la administración del Sacramento de la Misericordia. Así lo hizo cuando, luego de resucitar, se presentó entre los Apóstoles, sanándoles de sus culpas por el abandono y la traición que le hicieron en las horas de su Pasión y Muerte, y ratificándoles en su ministerio al decirles: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» (Jn 20, 22-23).
En este instante se nos abrirán los ojos para ver y entender qué nos decía Cristo cuando a los judíos les dijo: «Destruid este santuario y en tres días lo levantaré» (Jn 2, 19). Era necesaria su muerte, como hombre verdadero que era, para que, venciendo a la muerte, se manifestara en plenitud, el Sol de su Divinidad; era necesaria su travesía por el sepulcro, para hacer realizar lo que fue figura en las ruinas del viejo Templo de Jerusalén; y, para que, con el fulgor de su Resurrección, los judíos y el universo entero pudiera tener ante una sola y única Luz, un único y definitivo Templo que jamás podría ser destruido: JESUCRISTO.
Digamos como los discípulos de Emaús: “se nos abrieron los ojos” (Lc 24, 31). Con gozo y claridad, vemos entrar a nuestras almas la Verdad. Sabemos ahora que Cristo, al elegir y establecer los Doce Apóstoles como columnas de su Reino, sustituyó con su Iglesia al antiguo pueblo de las 12 Tribus de Israel; y con la fuerza de su Gracia y la guía del Espíritu Santo, sustituyó la fría e inútil letra de la Ley (cf. 2Cor 3, 1-18).
Para compartir:
1-. ¿Qué pasa con las personas que se quedan ancladas y encadenadas a las leyes, instituciones y autoridades religiosas del Antiguo Testamento?
2-. ¿Cuál es el movimiento de conversión hacia Cristo que deben hacer las sectas que sujetan a sus miembros con mandatos de la Antigua Alianza?
Elaborado por:
Héctor Pernía, mfc.
Fuente:
1] Comentarios, Hageo 2, 1-9; en “Las Notas de El Libro del Pueblo de Dios;” e-Sword – the Sword of the LORD, with an electronic edge
