¿Alguna Vez Se Han Preguntado Cómo Nos Ve Dios?
Les invito a que imaginemos por un instante la mirada tierna, pero penetrante, de un médico cirujano que examina a su paciente. Ese médico es Dios, y el paciente somos cada uno de nosotros, la humanidad entera, el hombre. ¿Qué enfermedad ve Dios en nosotros? Los pecados que cometemos y los daños que esos pecados ocasionan. Si sufrimos por el pecado, Él sufre mucho más que nosotros, porque sabe perfectamente y mejor que nosotros, cómo esos pecados nos perjudican a nosotros y a los demás. Y, si por el pecado, nosotros no sentimos dolor, él sufre aún más, porque actuamos ciegamente, se nos endurece el corazón y no le damos cabida o espacio alguno para Él podernos ayudar.
Por naturaleza, somos frágiles; pero, por el pecado, aumentamos exponencialmente esa fragilidad; porque dañamos lo que ya hemos logrado con sacrificio y nos volvemos mucho más vulnerables y débiles ante los embates de la naturaleza y las adversidades, que nunca faltan.
¿Cómo sería ese paciente sano, plenamente sano? Es la persona a quien nada le quita su amor a Dios. Un alma cuya devoción permanece intacta. Es como un río limpio que recibe arroyos de bendiciones, pero ninguna de ellas le hace olvidar a quien se las da. Nada en este mundo puede seducirla. Su encanto es Dios, su todo es Dios, y vive para agradar a Dios.
Cuantas más bendiciones recibe, más reconoce en ellas la bondad de su Creador. Cuando Dios ve que el corazón de una persona está plenamente puesto en Él, dice: «Está saludable, está bien, goza de salud; permanece en mí y yo permanezco en él». Esa es una criatura sana espiritualmente.
Dios nos creó para amar, y si amamos a los demás como Él nos ama, eso es estar sanos. Pero, si por el contrario, guardamos resentimiento, rabia o rencor, así sea a un solo hermano, ya somos enfermos que necesitan ir parar a la camilla donde Dios, médico, nos sane y restaure.
El libro de los Salmos nos recuerda la salud del alma justa: «Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias» (Salmo 103: 2-3). Busquemos hoy esa salud perfecta que se encuentra cuando vivimos exclusivamente para agradarle a Él.
Para compartir:
1.- ¿Qué «dolencia» o actitud nos cuesta más entregarle a Dios para que actúe como nuestro médico cirujano?
2.- El pecado endurece el corazón y nos vuelve ciegos ante lo que nos hace bien. ¿De qué manera práctica podemos mantener el corazón blando y sensible a la ayuda de Dios?
Elaborado por:
P. Héctor Pernía, mfc