
Apologética en la Liturgia de la Palabra
Viernes, XIX Semana del Tiempo Ordinario
Lecturas del día: Ez 16, 1–15, 60, 63; Is 12, 2–6; Mt 19, 3–12.
Comentario:
El hombre tropieza en sus propias equivocaciones
A la carta se consiguen cualquier clase de maniobras, argumentos y pretextos rebuscados para forzar leyes y aprobar uniones matrimoniales según sea el apego carnal que cada uno tenga, con cualquier tipo de personas (del mismo sexo o incestuosas), o con un vehículo, un perro, un caballo, o una computadora, incluso. El culto a Dios viene siendo sustituido por el culto a la vanidad y al propio capricho, porque ahora, para los hombres y mujeres de esta generación adúltera, cada uno es el único dios único, y por encima de las apetencias personales nadie se puede atravesar.
Los emperadores globales del comercio sexual provocan en la población más consumista del Internet – niños, jóvenes y profesionales – a subvertir el concepto de “derechos humanos,” excitándoles a la rebeldía, a hacerse oídos sordos a la Iglesia Católica y a los valores que sus padres y abuelos les transmitieron. Es por eso que, de modo intolerante e impositivo, ahora se anda declarando como norma universal de «derechos humanos,» el “yo hago con mi cuerpo y con mi vida lo que a mí me parezca mejor”.
Dios queda y cura
Pasará esta generación, se agudizará la rebelión moral, y después de recoger con llanto sus propios muertos, recogerá sus propias cenizas, llorará sus propias desgracias, y de pie seguirá quedando la Autoridad divina, el Creador, que recogerá a través de su única Iglesia, la Iglesia Católica, a sus hijos heridos, para nuevamente conducirles al único camino que hará próspera cualquier nación que quiera ser una gran civilización, y que hoy lo recuerda en las lecturas de la Liturgia de la Palabra.
En Ezequiel, Dios mismo se pone al frente nuestro para darnos ejemplo de humildad y amor verdadero, al recoger del piso a una «niña» llamada Israel, a la que encontró entre sangre abandonada apenas había nacido, la tomó, la alimentó, la crio, la vistió, cuidó de ella, la hizo crecer, ponerse hermosa; y, cuando la vio en la edad juvenil, se enamoró de ella. Pero, antes de hacerla suya, se comprometió con ella en alianza y juramento de fidelidad perpetua, para convertirla en esposa suya y única (cf. Ez 16, 8). Aquí Dios nos anuncia la institución del matrimonio, según lo hizo desde el origen de la creación (cf. Gen 2, 21-25), entre un hombre y una mujer: Dios, tomando el lugar del hombre, e Israel, el de la mujer.
En el santo evangelio, Jesucristo puso en el centro de su corazón a la familia, dando protección, en primer lugar, a los hijos; y, para eso, corrigió el fallo de la ley antigua en la que Moisés permitió – por terquedad de los israelitas – que un hombre despidiera a su esposa por cualquier pretexto. Estableció para siempre, la institución del Matrimonio, tal cual como la quiso Dios desde el inicio de la vida humana: “¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne?” (Mt 19, 4-5).
Cristo reconcilió y sanó la creación manchada por el pecado (cf. Col 1, 20) y, por ese propósito, además de redimirnos en la cruz, restauró y santificó la unión nupcial entre un hombre y una mujer. No dejó ventana abierta a segundas o terceras opciones, porque habría dejado en grave amenaza a la misma humanidad; ya que solo entre hombre y mujer es que tiene posibilidad de futuro; no así entre mujer y mujer, o entre hombre y hombre; o, peor aún, entre un ser humano y un animal o un objeto.
Para compartir:
1.- ¿En qué grado o medida del relativismo moral actual, ha sido afectada en tu familia la institución del Matrimonio?
2.-_¿Qué postura debe tener y mantener cada cristiano ante las ideologías que amenazan la Familia?
Elaborado por:
Pbro. Héctor Pernía, mfc
