Hablar Menos Y Escuchar Más
¿Cómo actuar ante las críticas?
Un regalo me dio el Señor hoy en la mañana. Necesitaba inspiración y ayuda Divina para escribir sobre las críticas y la recibí a través de un nuevo amigo costarricense llamado Jorge, que conocí por el apostolado de Hospitalitos de la Fe en WhatsApp: Él me dijo así: “Por algo Dios nos dio una sola boca y dos orejas, para que aprendamos a hablar menos y a escuchar más”.
De una manera tan sencilla me enseñó una gran verdad. A todos nos cuesta callar y escuchar; siempre queremos que nos escuchen; pero, muy poco estamos prestos a escuchar a otro, cuando otro toma la palabra, ya andamos buscando interrumpirle para decir lo que tenemos en mente.
Las críticas innecesarias y perjudiciales brotan de ordinario de las palabras apresuradas e invasivas. Un defecto que se comete a menudo es el de interrumpir al que habla para hacerle escuchar lo que nosotros queremos decir. Dice en Prov 18, 13: «Al que responde antes de haber escuchado le es tontería y causa vergüenza.» Debes escuchar antes de reaccionar. Si lo hacemos mejoraremos nuestras respuestas a las críticas.
Por no vigilar y dominar la lengua se hace mucho daño a las personas, se lastima, se hiere, se perjudica, se destruyen vidas. Por eso, debemos reconocer la necesidad que tenemos todos en común de orar pidiendo a Dios la virtud de la prudencia. Una oración a recomendar es la que se encuentra en Sir 23, 1: «Oh Señor, padre y dueño de mi vida, no me abandones al capricho de mis labios.» Esta oración, hecha con frecuencia, ayudará a moderar nuestras respuestas ante las críticas y a ser más humildes ante las observaciones que recibamos de los demás.
Para compartir:
1.- ¿Qué pasos podemos seguir para controlar nuestra impulsividad al responder a críticas, y de qué manera podemos aprender de las observaciones que nos hacen los demás?
2.- ¿Cómo la oración y la humildad pueden ayudarnos a enfrentar mejor las críticas y a mantener un ambiente de respeto y comprensión en nuestras relaciones interpersonales?
Elaborado por:
Pbro. Héctor Pernía, mfc