Apologética en la Liturgia de la Palabra
Sábado, XXXII Semana del T. Ordinario
Lecturas del día: 3Jn 5–8; Sal 111, 2.1–6; Lc 18, 1–8
Comentario:
Leyendo a san Agustín aprendí a ver de manera muy nueva el evangelio de hoy. Dijo lo siguiente:
“Esta viuda puede ser muy bien la imagen de la Iglesia, que aparece como desolada hasta que venga el Señor, quien ahora cuida de ella misteriosamente. Pero como sigue diciendo: «Y venía a Él diciendo: Hazme justicia…», advierte aquí por qué los escogidos de Dios le piden que los vengue. Lo mismo se dice también en el Apocalipsis de San Juan hablando de los mártires (Ap 6), a pesar de que claramente se nos aconseja que oremos por nuestros enemigos y nuestros perseguidores.”(1)
Jamás me había pasado por la mente ver en esa viuda persistente la imagen de la Iglesia sufriente que súplica hora tras hora ante el Dueño de la Casa para clamar justicia ante la desolación que padece.
Pero, ¿cabe hablar de desolación y necesidad en la Iglesia?
¿Cabe mostrarla como “viuda”, siendo ella la esposa del Cordero, que es eterno y fiel, y no muda o cambia su esposa por otras (pentecostales, adventistas, testigos de Jehová, mormones, bautistas,…)? En ese sentido no cabe pensarla así; pero, siento en mis entrañas el dolor propio y el de tantos hermanos en la fe, ante tantos católicos que traicionaron la Iglesia para irse a organizaciones fundadas por hombres, y de tantos que, diciéndose católicos, viven coqueteando con ellas y con cuanta ideología amenace la fe y la moral de la Iglesia.
¿No reina acaso un ambiente de desolación en millares de católicos expresando soledad, desconcierto, dudas, y suplicando a Dios que haga algo por devolver el rumbo a la Iglesia y traer de nuevo a ella tanto rebaño disperso?
El pasaje del evangelio y la reflexión de san Agustín trasladaron mi mente al Salmo 74, cuando los israelitas clamaron justicia a Dios ante la destrucción de su templo y la masacre que el imperio asirio le ocasionó a la población. Dijeron al Señor:
“¿Por qué nos rechazas, oh Dios, para siempre, y humea tu cólera contra el rebaño que apacientas? Piensa en la comunidad que antaño adquiriste, la que tú rescataste, tribu de tu propiedad, y del monte Sión, donde pusiste tu morada. Guía tus pasos a estas ruinas perpetuas: al santuario devastado por el enemigo.” (Sal 74, 1-5)
Las siguientes líneas de este Salmo hacen nuestra esa súplica a Dios. Hoy la hacemos por los violentos incendios de templos católicos en Chile y otros lugares del mundo:
“Cercenaron todas juntas sus jambas, con hacha y martillo desgajaban. Prendieron fuego a tu santuario, profanaron por tierra tu gloriosa mansión.” (Sal 74, 6-9)
No pareciera hablar de siglos atrás, sino de lo que vemos hoy, del ensañamiento orquestado de fuerzas de este mundo que orquestan la desaparición de la Iglesia Católica actuando a escondidas y mediante el delito:
“Decían para sí: «Destruyamos a todos, quememos las asambleas de Dios en el país” (Sal 74, 8)
No me siento sólo en esta súplica. ¡Creo que también es tuya!.
Oremos:
¿Dónde estás Señor? ¡Muéstranos y hazle ver a todas las naciones que ésta es tu Iglesia! Envía a tu grey profetas que alcen la voz en defensa de su Casa.
Para compartir:
1.- ¿Te sentiste identificado(a) con la reflexión de esta publicación?
2.- ¿Qué respuesta nos está exigiendo la situación de odio que aumenta hacia la Iglesia Católica?
Elaborado por:
Pbro. Héctor Pernía, mfc
Fuente:
1] Documento en línea: ’Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos’; San Agustín, De quaest. Evang., 2,45. https://www.deiverbum.org/lc-18_01-08/
