Apologética en la Liturgia de la Palabra
Jueves, XXV Semana del T. Ordinario
Lecturas del día: Qo 1, 11; Sal 90, 3–6, 12–14, 17; Lc 9, 7–9
Comentario:
El tiempo de los hombres no es el de Dios.
Un astuto artificio del maligno que se cuela y hace nido en muchas mentes, es el creer que un pecado ya dejó de existir en nuestras almas si ya han transcurrido semanas, meses o años, y que la vida seguirá con normalidad. Muchos ven innecesario ir a confesar sus pecados al sacerdote, porque piensan o creen que al olvidarse éstos se disipan.
Lo que no toman en cuenta, y no pueden evitar o eludir, es que “todos tenemos que presentarnos ante el tribunal de Cristo y seremos puestos al descubierto, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal” (2Cor 5, 10).
Y ¿respecto a los pecados cometidos hace tiempo, y no confesados y absueltos en el Sacramento de la Confesión?
De todo ello rendiremos cuenta, y de todos ellos nos tendremos que purificar, según haya sido la calidad de cada una de nuestras obras (cf. 1Cor 3, 13-15), no importa si fue hace un día, un mes, uno o cincuenta años atrás, porque así es el tiempo de Dios:
“Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó, una vela nocturna” (Sal 90,4).
”Mas una cosa no podéis ignorar, queridos: que ante el Señor un día es como mil años y, mil años, como un día” (2Pe 3,8).
Para compartir:
1) ¿Por qué es diferente el tiempo de Dios y el de los hombres?
2) ¿Qué sucede con los pecados confesados y absueltos por un sacerdote (cf. Jn 20, 22-23) el día que nos presentamos ante Dios?
Elaborada por:
Pbro. Héctor Pernía, mfc

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