San Carlos de Foucauld dijo en una de sus Meditaciones: (1)
”Confiemos, esperemos, nosotros todos que lloramos, que derramamos lágrimas inocentes; esperemos, si lloramos los dolores de nuestro cuerpo o de nuestra alma: nos sirven de purgatorio, Dios se sirve de eso para […] que levantemos los ojos hacia él, nos purifiquemos y santifiquemos.
Confiemos todavía más si lloramos los dolores de otros, porque esta caridad nos es inspirada por Dios y le agrada; confiemos también si lloramos nuestros pecados, porque esta compunción la pone Dios mismo en nuestras almas. Confiemos todavía más si lloremos con un corazón puro los pecados de otros, porque este amor por la gloria de Dios y la santificación de las almas nos son inspiradas por Dios y esto es una gracia.
Confiemos, si lloramos por el deseo de ver a Dios y el dolor pode (sic) estar separados de Él; porque este deseo amoroso es obra de Dios en nosotros. ¡Confiemos también si lloramos solamente porque amamos, sin desear ni temer nada, queriendo plenamente todo lo que Dios quiere y queriendo sólo esto, la dicha de su gloria, sufriendo de sus sufrimientos pasados, llorando unas veces de compasión por el recuerdo de su Pasión, y otras de alegría con el pensamiento de su Ascensión y de su gloria, y otras simplemente de emoción porque le amamos hasta morir de amor!
Oh Jesús dulcísimo, hazme llorar por todo esto; hazme derramar todas las lágrimas que manifiesten mi amor hacia ti, por ti y para ti. Amén».
A las personas nos pasa lo mismo que sucede con tantas criaturas que sacan lo mejor de sí mediante el doloroso morir interno a su anterior estado para convertirse en una nueva y maravillosa obra de la creación: la oruga para convertirse en mariposa, el grano de arena que entra en el molusco para convertir en una valiosa perla, una ostra común; o, cualquier semilla que muere a sí misma para dar origen a una planta y multiplicar el fruto que murió. Así, y de manera mucho más hermosa, acontece con todo ser humano que le da muerte, en sí mismo, a su viejo yo – su vida de pecado – para estrenarse y conservar intachable, el traje de la Gracia de Dios.
Llorar el pecado, porque nos priva de lo más maravilloso de nuestras vidas: estar con Cristo para siempre, es el mejor regalo que podemos ofrecernos.
Para compartir:
1.- ¿Cómo podemos aprender a ver nuestros sufrimientos y las lágrimas que derramamos como oportunidades para acercarnos a Dios? ¿Qué pasos prácticos podemos tomar para transformar nuestro dolor en una experiencia de sanación y crecimiento?
2.- San Carlos de Foucauld menciona el valor de llorar por los dolores de otros y la compunción por nuestros propios pecados. ¿Cómo podemos desarrollar una mayor sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno y fomentar un espíritu de compasión en nuestras vidas? ¿De qué manera podemos convertir nuestras lágrimas por los demás en acciones concretas de amor y ayuda?
Fuente:
(1) Foucald, Carlos. Meditaciones sobre los Evangelios relativos a 15 virtudes, Nazaret 1897-98; nº 15. En: https://www.deiverbum.org/lc-06_20-26/
