Apologética en la Liturgia de la Palabra
Sábado, XVI Semana del Tiempo Ordinario
Lecturas del día: Éx 24, 3–8; Sal 50, 1–2, 5–6, 14–15; Mt 13, 24–30.
Comentario:
La primera lectura y el Salmo de la Liturgia hoy nos dejan una importantísima revelación. El conocimiento del culto según las Sagradas Escrituras nos lleva de frente a la Eucaristía en la Iglesia Católica, y nos aleja y previene para que no nos dejemos engañar por simulaciones de culto y de “cenas del Señor” que abundan fuera de la Iglesia Católica.
Dios ordena que los fieles se congreguen a rendirle culto mediante un sacrificio, y mediante la sangre de ese sacrificio, renueven su alianza con Él. Antes de ese sacrificio el pueblo de Israel se alimentaba de las Sagradas Escrituras, y posterior a él, venía un segundo ritual, el sacrificio. Allí se preparaba de algún modo los dos momentos que tiene la Eucaristía: la liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística.
Moisés y el pueblo no se presentan al culto al estilo protestante: con carne y sangre simbólica, representativa; ni mucho menos para armar una reunión entre cantos y gritos para elevar hasta el éxtasis los sentimientos de los israelitas.
El modo de ofrecer el culto lo prescribe Dios y no los hombres.
Él manda que debe haber un sacrificio para renovar la alianza de comunión con Él. Dijo así: “Reúnan a mis fieles ante mí, que con un sacrificio sellaron mi alianza” (Sal 50, 5). El acto de culto que realiza Moisés es conforme a lo que Dios ha ordenado y, de una vez, nos deja un precedente preparatorio de la Eucaristía: ”Entonces Moisés tomó la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: «Ésta es la sangre de la Alianza que Yahvé ha hecho con vosotros, de acuerdo con todas estas palabras» (Ex 24, 8). Debemos aprender que sin la presencia de sangre real y verdadera de la Víctima Redentora todo culto queda hueco, vacío y vano.
El único culto donde se encuentran las condiciones necesarias para el verdadero culto es la Santa Eucaristía. Allí los fieles se reúnen ante un sacrificio, y llevan pan y vino, a la manera de Cristo, Sumo Sacerdote, en la Última Cena, pues Él es la Víctima por cuya sangre son redimidos nuestros pecados. Porque, como dice en otro lugar: ”según la Ley, casi todo ha de ser purificado con sangre, y sin derramamiento de sangre no hay remisión” (Hb 9, 22).
Es voluntad de Dios que, como remedio salvífico para levantar al hombre de su caída por el pecado en el Paraíso (cf. Gén 3), iba a encarnarse y darle a comer su carne y su sangre, y que, alimentándose de ella, pudiese recuperar la Vida eterna (cf. Jn 6, 51-68). Por eso dice el Señor en Lv 17, 11: ”Porque la vida de la carne está en la sangre, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras vidas, pues la expiación por la vida se hace con la sangre.”
En conclusión, “cultos y cenas del Señor” donde no esté presente de modo real el cuerpo y la sangre de Cristo, Víctima redentora, no es ni culto ni sacrificio, sino una burla o distracción para que la gente no vaya al verdadero culto y a la verdadera Cena del Señor: la Eucaristía.
Para compartir:
1-. ¿Entre la Eucaristía de la Iglesia Católica y las “cenas del Señor” y reuniones de culto protestante, cuáles son acordes y fieles a la Sagrada Escritura? ¿Por qué?
2-. ¿En qué le afecta a una persona apartarse de la Eucaristía e irse a esos lugares?
Elaborado por:
Pbro. Héctor Pernía, mfc

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