Apologética en la Liturgia de la Palabra
Lunes, XIV Semana del Tiempo Ordinario
Lecturas del día: Gén 28, 10-22a; Sal 90, 1-4. 14-15b; Mt 9, 18-26.
Comentario:
Introducción
Jesús, en su vida pública, no salió a improvisar. No hizo nada fundamental para nuestra Salvación – como fundar una Iglesia – que antes no haya sido anunciado o prefigurado por sus antiguos siervos y profetas.
La historia de la IGLESIA CATÓLICA está profundamente entrelazada con las promesas hechas a nuestros antiguos padres, como se destaca en las lecturas diarias de la Biblia. En el inicio del libro de Génesis, el Señor nos invita a reconocer el significado de la Iglesia y su origen, lo cual nos anima a fortalecer nuestro sentido de pertenencia, compromiso e identidad con la Iglesia. Este viaje no comienza solo en el encuentro entre Jesús y Pedro en Mateo 16, 17-19, donde se establece la promesa de la fundación de la Iglesia, sino que se remonta mucho más atrás, a las figuras clave del Antiguo Testamento.
Las Promesas a Abraham y Jacob
Dios, al hacerse hombre en la persona de Jesús, no improvisó su plan de salvación; todo había sido anunciado y preparado desde antiguo. Un momento fundamental en esta historia es la promesa a Abraham, donde Dios dice en Génesis 15, 5: «Mira al cielo y cuenta las estrellas, si puedes contarlas. Así será tu descendencia.» Este versículo resalta la grandeza de la descendencia que debía venir, un pueblo que no podría ser contado como las estrellas en el cielo, refiriéndose al pueblo de Dios que emergiría a partir de Israel.
Asimismo, vemos una repetición de este mensaje en la primera lectura de hoy, Génesis 28, 14, donde Dios le dice a Jacob: «Tu descendencia será como el polvo de la tierra.» La comparación entre las estrellas y el polvo implica una visión de universalidad, abarcando a todos los pueblos. Cuando Dios dice que Jacob se extenderá «al poniente y al oriente, al norte y al mediodía», se refiere a la expansión de su influencia por todo el orbe, un eco del llamado a llevar la fe a todas las naciones.
La Universalidad de Dios
Este mensaje de universalidad se hace manifiesto en el mandato que Jesús les da a los apóstoles en Marcos 16, 15: «Vayan a todas las naciones y lleven el evangelio.» Al decir que por Jacob se bendecirán todas las naciones de la Tierra, se abre la puerta a la inclusión de los gentiles en la herencia de la promesa. Esto simboliza el abrazo de Dios hacia todos, no solo a los judíos, marcando así un hito en la catolicidad de su plan.
En Cristo se cumple la Promesa
El Evangelio de hoy (Mt 9, 18-25) es el anuncio de que ya está aquí, entre nosotros, hecho verdaderamente hombre sin dejar de ser verdadero Dios, para cumplir lo prometido a Abraham, Isaac y Jacob. Al sanar a la mujer que llevaba 12 años enferma por flujos de sangre y al devolver la vida a la hija del jefe de la sinagoga y al devolver, nos revela que Él tiene el poder sobre la vida y sobre la muerte, que en Él reside la plenitud de la divinidad (cf. Col 2, 9).
Dios eligió a los 12 apóstoles, y a uno de ellos, Pedro, lo puso al frente, dándole poder y autoridad. Este envío a todas las naciones no solo implica la predicación del evangelio, sino también la autoridad para bautizar y perdonar los pecados, confiriéndoles el Espíritu Santo para que actúen con poder divino. Además, les otorgó el sacramento de la Eucaristía, transformando el pan y el vino en su cuerpo y sangre, el alimento que da vida eterna.
La Realidad del Cuerpo de Cristo
Como se menciona en Colosenses 2, 16, todo lo que estaba en el Antiguo Testamento era sombra de lo que vendría, y la realidad es el cuerpo de Cristo, que ha fundado su Iglesia. Esta Iglesia tiene la misión de llevar a todas las naciones la promesa de la salvación, unificando a todos los pueblos en una sola nación, el pueblo de Dios.
Conclusión
Así, el origen de la Iglesia Católica en Israel es un viaje que se entrelaza con la historia de un pueblo elegido y las promesas divinas. La realización de estas promesas en Cristo y la encomienda de los apóstoles marca la continuidad de la obra de Dios, expandiendo su amor y salvación a todas las naciones. Al reconocer y apreciar esta rica herencia, cada católico puede reafirmar su identidad y compromiso con la misión de la Iglesia en el mundo moderno.
Elaborado por:
Pbro. Héctor Pernía, mfc
