Apologética en la Liturgia de la Palabra
Viernes, XXXIII Semana del Tiempo Ordinario. Ciclo C
Lecturas del día: Ap 10, 8–11; Sal 118, 14. 24. 72. 103. 111. 131; Lc 19, 45–48
Comentario:
Al meditar la Palabra de Dios de hoy, y muy especialmente el evangelio, no pude mirar solamente hacia el protestantismo la mancha de convertir el dinero en un muro aislante entre la Gracia de nuestro Señor Jesucristo y los más desposeídos económicamente.
Leer que un Padre de la Iglesia tan brillante y santo como San Gregorio Magno (540 – 604, Roma), advertía el peligro de este escandaloso pecado en el interior de su propia casa, la Iglesia Católica, durante el siglo séptimo, no puede sino movernos a la humildad de mirar también en nuestro ojo, a ver si está, en nosotros, aquella misma viga que quisiéramos señalar en el ojo de las sectas protestantes: el escándalo de la codicia entre los cristianos; pecado que ha causado que muchos se nieguen a creer en Dios.
A continuación, la reflexión de San Gregorio Magno: (1)
“Después de haber predicho los males que habían de venir, se introdujo a continuación en el templo para arrojar de allí a los que vendían y compraban, dando a conocer que la ruina del pueblo venía principalmente por culpa de los sacerdotes. Por esto dice: «Y habiendo entrado en el templo comenzó a echar fuera a todos los que vendían y compraban en él», etc.”
“Y se sabía que los que estaban en el templo para recibir las ofrendas tenían exigencias gravosas con los que no les daban”.
“Pero nuestro Redentor no excluye de su predicación ni a los indignos ni a los ingratos. Por lo que después que restableció el rigor de la disciplina arrojando a los malos, les da a conocer el don de su gracia diciendo: «Y cada día enseñaba en el templo»”.
“En sentido místico puede decirse que, así como el templo de Dios se encuentra en la ciudad, así en el pueblo fiel se encuentra la vida de los religiosos. Y muchas veces sucede que algunos toman el hábito religioso, y mientras llenan las funciones de las sagradas órdenes, hacen del ministerio de la santa religión un comercio de asuntos terrenales. Los que venden en el templo son los que ponen a precio de dinero lo que a cada uno le corresponde por derecho; porque el que pone a precio la justicia, la vende. Y los que compran en el templo son aquellos que mientras no quieren pagar a su prójimo lo que es justo, y no hacen aprecio de cumplir lo que por derecho es debido, una vez que han premiado a sus patronos compran el pecado”.
“Estos convierten la casa de Dios en cueva de ladrones; porque cuando los hombres malos ocupan el lugar de la religión, matan con las espadas de su malicia allí donde debieran vivificar a sus prójimos por la intercesión de su oración. También es templo el espíritu de los fieles; y si lo invaden malos pensamientos con perjuicio del prójimo, residen allí como en una cueva de ladrones. Pero cuando se instruye sutilmente al espíritu de los fieles para que eviten el pecado, es la verdad la que enseña todos los días en el templo”.
Para compartir:
1.- ¿Qué relación hay entre la ambición por el dinero y la multiplicación de las sectas?
2.- ¿Qué efectos y frutos daría en muchas almas reacias a Cristo el testimonio de pobreza evangélica de los cristianos?
Elaborado por:
P. Héctor Pernía, mfc
