Apologética en la Liturgia de la Palabra
Martes, XV Semana del T. Ordinario
Lecturas del día: Is 7, 1–9; Sal 48, 2–8; Mt 11, 20–24
Comentario:
En el santo evangelio de hoy, Jesús reprocha a las ciudades que luego de verle y oírle no se convirtieron, y eso nos apunta a nosotros también.
¿Acaso la generación cristiana actual obedece más a Dios que los habitantes de Corozaín y Betzaida? Mira que hoy andamos como en el desierto; caminamos en las interminables arenas del homicidio, la corrupción, el desorden sexual, el aborto hecho ley, la pretensión de despenalizar la pedofilia, la miseria impuesta, la opresión de las ideologías, el adulterio generalizado, la infancia y juventud abandonada y prostituida.
¿Acaso van a recibir alabanzas quienes arrebatan la Biblia y, por su codicia, han creado divisiones y han multiplicado como nunca antes las Sectas?
En el áspero desierto de la incredulidad que hoy campea en las naciones, aparecen como supuestos bosques de esperanza, grupos que se auto apodan «cristianos» y «evangélicos.» ¿Acaso puede llamarse bosque de cristiandad un rebaño triturado y enfrentado en miles de denominaciones disputándose cada una ser la única y verdadera iglesia de Jesucristo? ¿No será más bien un campo de batalla donde los hijos de la rebelión adversan contra su Iglesia madre lanzando sobre ella flechas incendiarias de medias verdades y difamaciones, que los más incautos creen y reproducen ciegamente?
De veras, que hacen creer a cualquiera que, mejor que en todos los siglos anteriores, en estos tiempos a Cristo se le conoce y se le acepta más. Son los llamados espejismos que sufren los sedientos y fatigados que padecen en el difícil desierto y, de pronto, caminan más a prisa por llegar a un supuesto pozo de agua, que no era más que más de lo mismo: infinitud de arena. Son los momentos donde el ánimo se quiebra, las fuerzas se vienen a menos y cualquier lágrima corre por la mejilla de quien se siente abandonado y frustrado.
Estas metáforas resumen a millares de personas cansadas de engaños y estafas, de ir a la deriva entre una secta y otra, viendo a falsos ministros de Cristo enriquecerse mientras manipulan sagazmente la necesidad de Dios de muchas almas nobles, haciéndoles creer que a Cristo lo están encontrando, que a Cristo lo están recibiendo, que a Cristo están adorando y alabando.
Dios tenga piedad de cada uno de nosotros, cuando yendo a recibir los Sacramentos hacemos alarde y fingimiento de que a Cristo estamos acogiendo; y luego seguimos, tal cual como antes, el mismo patrón de vida: indiferencia, egoísmo, violencia, odio, discriminación, infidelidad, traición, y pare de contar.
El Catecismo de la Iglesia Católica, en su numeral 1432, entra como luz para hacernos ver y reconocer con humildad, la prudencia que debemos tener por nuestra sabida fragilidad:
“El corazón del hombre es torpe y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo (cf. Ez 36,26-27). La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros corazones: «Conviértenos, Señor, y nos convertiremos» (Lm 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron (cf Jn 19,37; Za 12,10).”
Para compartir:
1.- En tu propia familia y comunidad donde vives, ¿Cristo es acogido por los que se dicen cristianos?
2.- ¿Cómo se estará sintiendo Cristo ante el modo de seguirle los cristianos en estos tiempos?
Elaborado por:
Pbro. Héctor Pernía, mfc
