Cristo, único Rey de los Católicos
En la antigüedad existieron muchísimos reyes; casi que, por cada ciudad había uno y; los más poderosos, vencían en batallas a reyes de otras ciudades y extendían sus reinos. Todos esos reyes murieron.
Desde Cristo, en los primeros siglos y hasta la edad moderna, también existieron muchos reyes. Destacaron los emperadores romanos, y luego, los del imperio otomano, en la actual Turquía. El emperador romano que más renombre mundial ha tenido ha sido Constantino, a quien muchos le atribuyen haber fundado la Iglesia Católica en el año 313 d. C. Ofende e insulta a la historia y a esta misma Iglesia que aseguren tal cosa, siendo que, para ese año, la Iglesia Católica ya tenía una historia de 32 papas y el papa del momento era San Melquíades. ¿Cómo pudo Constantino haber fundado una institución con una historia que ya tenía más de tres siglos de historia? En fin, todos esos reyes murieron.
Desde la Edad Moderna hasta hoy siguen existiendo reyes. Menos que en los siglos precedentes, ¡pero existen!. Todos ellos también morirán.
La Iglesia Católica en sus más de dos mil años de historia ha tenido un solo Rey: Jesucristo. Todos los demás reyes vencieron grandes ejércitos enemigos, pero ninguno pudo vencer la muerte. La muerte pudo con ellos. Jesucristo es el único Rey que enfrentó a la muerte con la misma muerte y la venció. El único Rey que alimenta a su pueblo con su misma carne y sangre para darles la vida que sólo Él posee y puede dar: la Vida Eterna.
Este es el único Rey de los Católicos. Tanto es así que cada Año Litúrgico lo comienzan con una solemnísima fiesta en el mes de Noviembre: la Fiesta de Jesucristo Rey de Universo.
¿Cómo reina Jesucristo? ¿Cómo celebra un buen católico su reinado?
Se unen a su Reino el día del bautismo. Allí son consagrados como partícipes y cooperadores del Reinado de Cristo en el mundo.
- Partícipes: Por la Unción del Santo Crisma y el Óleo de los Catecúmenos, se convierten en miembros de su Cuerpo. Son ungidos por un ministro de Cristo para que sean otro Cristo en el mundo.
- Cooperadores: Haciendo que en ellos suceda el reinado de Cristo, su entrada triunfal.
¿Cómo lo hacen?
Decía Orígenes: “Renunciando al pecado, limpiando su templo personal (sus propias vidas) de todo sucio, mundanidad, pecado, para que todos los enemigos del Reino que hay dentro de cada uno de ellos sean reducidos y puestos por estrado de sus pies y sean reducidos a la nada en cada uno de ellos, todos los principados, todas las potestades, todas las fuerzas del mal”.[1]
¿Quieres que Cristo reine en tu vida?
Cristo reinará cuando en nosotros sean reducidos y vencidos nuestros propios principados, potestades y fuerzas del mal: orgullo, vanidad, robo, presunción, arrogancia, codicia, rencor, impurezas, fornicación, enemistad.
Seamos cooperadores de Cristo uniéndonos a su reinado como soldados Suyos venciendo al maligno, cada uno, en el campo de batalla ubicado en la propia vida interior. Es una batalla silenciosa, pero muy real.
Cuando veamos que dentro nuestro hacia los demás emanan como una fuente la bondad, la misericordia, la compasión por los más necesitados, la verdad, la castidad, el perdón, es porque ya en nosotros la batalla ha sido ganada y Cristo ya comenzó a reinar.
Su Reino no se presenta haciendo ruido, retumbando en noticias, luces, sonido, espectáculos; no aparece espectacularmente haciendo anuncios o teniendo cobertura en los principales medios de comunicación o en Internet. Sucede silenciosamente dentro de los corazones de las personas donde acontecen en silencio las batallas y las victorias contra los vicios, los robos, la mentira, la opresión, la impureza.
Debemos cooperar para que Cristo reine siempre
Decía Orígenes: “Procuremos que ningún pecado siga dominando nuestro cuerpo mortal; antes, bien, mortifiquemos todo lo terreno que hay en nosotros y fructifiquemos en el Espíritu; de ese modo, Dios se paseará en nuestro interior como por un Paraíso espiritual.”[2]
[1] Orígenes, Opúsculo sobre la oración 25; “venga a nosotros tu reino”; E- Prex; Oficio de Lecturas; 23 Nov 2025
[2] Ibid..
