Apologética en la Liturgia de la Palabra
Lecturas del día: Ex 17, 3-7; Sal 94, 1-2. 6-7c. 7d-9; Rm 5, 1-2. 5-8; Jn 4, 5-22.
Comentario:
Historia de Prudencia y Entrega: Un Llamado a la Juventud
Érase una vez dos hombres que compraron cada uno una propiedad. Con el tiempo, ambos encontraron una mina de oro. El primero decidió custodiarla. Le puso vigilancia, planificó y encontró una gran empresa que se encargó de dicha mina, produciendo abundantes ingresos.
El segundo propietario encontró la mina, pero decidió trabajarla por sí mismo. Se la mostraba a sus amigos, a sus vecinos, se le hizo muy difícil protegerla; no podía separarse de aquel lugar y, al dejar el oro a la vista del público, cuando se descuidaba, venían y le robaban. Un día, unos malhechores acabaron con él y se quedaron con su oro.
En este contexto, hay una joven que, al descubrir la belleza de su cuerpo en la adolescencia, comenzó a exponerlo, usando ropas cortas que mostraban sus encantos. Por otro lado, otra joven, también muy hermosa, decidió proteger sus encantos y no los dejaba ver a los demás. Con el tiempo, la primera quedó embarazada varias veces, pero no del mismo hombre. Así como ella exponía sus encantos, hombres la seducían, la embarazaban y luego la abandonaban, convirtiéndola en madre de varios hijos, pero sin un esposo que la apoyara.
La segunda joven, que cuidó sus encantos, los confió al Señor, a Jesucristo. A medida que creció y maduró como mujer en Cristo, pudo encontrar a un hombre adecuado, un excelente compañero que supo valorar sus encantos y encontró en ella un gran tesoro para toda su vida.
Esta es la historia de la samaritana que le pidió a Jesús le diera a beber del agua que quita para siempre la sed (cf. Jn 4, 1, quien mostró rápidamente sus deseos de amar y ser amada. Vivió una seguidilla de relaciones con hombres que se aprovecharon de ella, dejándola sola y sedienta de amor, seguridad y respeto. Sin embargo, pasó el tiempo y encontró a Jesús. A Él le confió su corazón roto y destrozado, y Jesucristo lo sanó. La samaritana encontró en Él el amor que siempre había necesitado y, reconociendo su transformación, se consagró para siempre a Jesús.
La samaritana es un modelo para muchas mujeres y hombres que han visto fracasar su entrega y su ilusión al enamorarse de alguien equivocado. Es un espejo que nos invita hoy a entregarnos a Jesucristo, permitiendo que Él restaure y sane esos corazones heridos y destrozados.
Además, la samaritana representa un llamado a la prudencia. Es importante que niños, niñas, adolescentes y jóvenes aprendan a ser como el propietario de la mina de oro que supo guardarla, custodiarla y montarle vigilancia. Cada uno debe saber custodiar y guardar su cuerpo, así como proteger su deseo de amar y entregarse. Deben esperar a crecer y madurar en su fe y en su vida. Como dice Romanos 12 en los primeros versículos, cada uno debe presentar su cuerpo como una «hostia viva», consagrándolo a Cristo.
De esta manera, Él se convierte en el administrador que custodia y guía nuestras decisiones, y con el tiempo, puede producir de ese deseo de amar una hermosa y fecunda familia, llena de protección, compañía y seguridad para el resto de la vida.
Preguntas de reflexión personal:
1. ¿De qué manera estoy cuidando mi cuerpo y mis deseos en mi vida diaria?
2. ¿Estoy dispuesto(a) a esperar y madurar antes de entregarme por completo a otra persona?
3. ¿Cómo puedo consagrar mis anhelos y deseos a Cristo para que Él los guíe y los restaure?
Elaborada por:
Pbro. Héctor Pernía, mfc
